En lugar de utopía > Ricardo Loebell

Tal vez algún día no se sabrá con certeza lo que fue la anomalía.
Michel Foucault.

E
n uno y otro artista, la crítica está indisolublemente ligada a las invenciones y ficciones de la imaginación; a su vez la imaginación se vuelve crítica de la realidad. De ahí que arte y política sostengan lazos, por momentos en insospechables puntos de su representación.

Considerando que la política y el arte se reúnen en lo cotidiano, en las aglomeraciones, en el propio teléfono celular que como arma de comunicación se desenvaina como una Smith & Wesson cada vez que se utiliza, etc., los artistas de la muestra plantean su criterio de arte y política a través de sus obras, a la vez que se relacionan en citas estéticas desde la propia cotidianeidad.

Reflexiones preliminares

Se puede pensar que América Latina es un extremo de Occidente, un extremo excéntrico, disonante, aún más heterogéneo de lo que se comprende por aquello, ya que en cada parte posa el centro que apunta a ese inabarcable y amorfo cuerpo social y cultural, que no se deja reemplazar por un todo.

El arte latinoamericano no es solamente la expresión de su propia realidad ni la invención de otra realidad; también es una pregunta sobre la realidad de esas realidades. Una pregunta y, a veces, un juicio.

Las artes latinoamericanas son modernas, de una manera más plena que sus sistemas políticos y sociales, que ignoran la crítica y que, casi siempre, la persiguen. Sus pueblos viven entre los espasmos de la rebeldía y el estupor de la pasividad. Frente a la retórica de la violencia, el griterío y el monólogo típico de las jerarquías, se puede refundar la palabra crítica y racional que corresponde a un diálogo, porque implica un interlocutor.

El arte latinoamericano -señala Juan Acha- existe y no existe como expresión distinta en la medida en que este arte, igual que cualquier otra actividad, obedece a diversos conceptos, prácticas y realidades y sus productos son distintos entre sí y en relación con los de otras partes del mundo.

El arte no se puede limitar al comercio de su obra, ya que eso retrasaría el desarrollo artístico y el autoreconocimiento. En que medida nos reconocemos en las obras de arte; y el arte nacional: puede por momentos comprenderse como simulacro de la conciencia latinoamericana y sus inherentes peligros.

Es un error considerar a Latinoamérica como un bloque culturalmente uniforme; es cierto que hay semejanza, pero también ante el mosaico de etnias y culturas, la única salida es ser más universales. Según Manuel Felguérez, se debe buscar su esencia, sí, pero es más adecuado buscar esta esencia en el futuro que en el pasado.

Arte político se relaciona generalmente desde el supuesto mensaje en su contenido. No obstante, se puede considerar como arte revolucionario -pensando con Rufino Tamayo- a ése que abre nuevos caminos, no al que utiliza temas sociales o políticos para llamarse revolucionario porque, el contenido plástico de ese arte, muchas veces no significa nada.

¿Utopía?

Las utopías clásicas de Occidente, pensando en Thomas Morus (1478-1535; Utopia de 1517), Tommaso Campanella (1568-1639; Civita Solis de 1623) y Francis Bacon (1561-1626; Nova Atlantis de 1638), fueron novelas que modelaron la fundación del Estado a partir de un espíritu humanista.

Sin embargo, la construcción y aplicación de utopías a partir del criterio homogéneo del individuo y sus deseos, más bien parece acentuar climas de crisis, al paso de su incompatibilización en sociedades heterogéneas de Latinoamérica. Esto se refleja en la diferencia de comprensión de lo que fundamenta una comunidad a partir de leyes, cuyas concepciones cívicas, que han marcado nuestra historia, no han podido integrar dicha heterogeneidad que influyen. En la medida que el desarrollo social se sigue confundiendo con el crecimiento económico, la incompatibilidad aumenta. Este clima de crisis genera un cierto tipo de desacato. Un desacato frente a la semiología institucional que intenta acuñar la idea de unidad moral y nacional, es la de intervenir sus normas y símbolos en el arte u oponerle con otra semiología popular. Más allá, este desacato se desarrolla en la representación del rechazo y la eliminación de valores morales, como un tipo de distopía.

Alguna vez habrá que preguntarse si este tipo de desacato, ¿no se debe tal vez al malestar en la utilización de un modelo de Occidente; muchas veces inaplicable en América Latina, debido a la diferencia paradigmática tanto cuantitativo y cualitativo, aún siendo un modelo exitoso en otras sociedades de un grado socio-histórico más homogéneo?

Identidad desde un centro

Toda ciudad es un destino porque es, en principio, una utopía... (Lima la horrible).
Sebastián Salazar Bondy.

Mientras en Europa se intenta(ba) asir el utopos, habría que reflexionar en la situación que se halla(ba) Latinoamérica.

Desde el interior se percibe a través de la historia un remanente de una deuda para con el mundo. Si se enterraron culturas enteras, ahí algo despertó la inquietud y una obligación de inventar una identidad, a nivel continental.

Característica que históricamente define más a la cultura latinoamericana. Aún más que el mestizaje, según Jorge A. Manrique, es la necesidad que tiene nuestra cultura, como individuos y como grupo, de dar cuenta de sí mismo, de explicarse a sí mismo y hacia los demás, hacia los otros, como deuda mayor a eso que llamamos Occidente. Aunque históricamente seamos occidentales, cada vez que queramos comprobarlo, exactamente iguales al modelo que se nos propone, descubrimos al mismo tiempo que no somos occidentales. Basta recorrer nuestras ciudades, para ver que lo corroboran en su vertiginosa distancia de la lógica cartesiana. Sin embargo, cada vez que queremos mostrar en que medida no lo somos, tenemos, para empezar, que hacerlo en términos absolutamente occidentales. Esta situación de ambigüedad nos constituye; ambigüedad que no es un defecto. Es nuestra circunstancia precisa, cuya respuesta se da en términos económicos, sociales y políticos y desde luego culturales. La línea que insiste en converger por un lado con Occidente y por el otro en una propia personalidad diferente de Occidente, es en realidad una paralela intangible.

El criterio para analizar las sociedades latinoamericanas tendría que ser dinámico, considerando el caos diario (desde su administración) y la dimensión de azar en que se hallan, razón por la cual muchas veces no calza el modelo europeo como método de análisis. Un criterio apropiado podría ser una puesta en abismo, partiendo de los significados a la significación, reutilizando ésta como significado para volver a buscar su significación (Barthes). Ya que al ir distanciándose de nivel a nivel se puede sintetizar las observaciones más allá de lo normativo, entendiendo lo normativo como punto de partida.

Esto significa transgredir su prematura evaluación desde la vitalidad de la mirada. Ahí se añade la voz en contrapunto de Pedro Lemebell a un coro de cronistas urbanos de Latinoamérica, pensando en el peruano Sebastián Salazar Bondy. En nuestra sociedad los cuestionamientos de la postmodernidad van a surgir a partir de las convulsiones y de situaciones practicamente insolventables. En ese sentido en Santiago la reiterada preemergencia ante la contaminación del aire puede interpretarse como pre-postmodernidad.

Heterogeneidad como identidad versátil

Estamos destinados, a buscar en nuestra tierra, la otra tierra; en la otra, a la nuestra; a veces vernos como nos ven desde el centro.
Ese destino, según, se resuelve en algunos casos en libertad creadora: ese puñado de obras únicas que, en lo que va del siglo,
han creado unos cuantos latinoamericanos.
Octavio Paz

Tenemos derecho - herencia no es hurto - a movernos con libertad dentro de las tradiciones de afuera que nos han ido formando, y, cuando a superarlas. Todavía más: tenemos a todos los beneficios de la cultura occidental.
Pedro Henríquez Ureña


En un puñado de obras (de arte) se ha buscado a veces un eje que permitiese mostrar los diferentes países que habitan en uno solo, como suele ser desde un antiguo legado en nuestras sociedades.

Benjamín Vicuña Mackenna en la década del setenta del siglo XIX, a propósito de sus observaciones como Intendente de Santiago (1871-1873) respecto a la aristocracia y los sectores populares define a Chile como la República de dos países. Con el efecto del sector de la población chilena de los retornados después de la última dictadura, se sumaria una tercera parte, como sociedad conformaría la XIV región según Ricardo Lagos.

El modelo europeo estuvo siempre presente en la dimensión de la identidad (de la vanguardia) local. Así, la identidad es una sedimentación de flujos y un flujo de sedimentaciones.

Artistas nacionales contemporáneos, en ese sentido, siguen citando obras europeas -a veces sin advertirlo-, añadiéndole de esta manera nuevos capítulos a la historia nacional. La historia no es lineal. Las miradas pueden cruzarla y deconstruirla. El arte se nutre de la cita como la cita se nutre del arte. Toda copia es un nuevo original, consabido mucho antes de leer a Borges, Eco, Lyotard o a Jameson.

Estética como modelo de la realidad

Hay señales que dejan pensar que Latinoamérica sea un lugar citado (: Loc. cit.).

Se puede comprender más allá, el estado de arte como modelo de nuestra realidad y como un pensamiento justo de ella.

La diversidad o pluralidad generada por una marcada diferencia en nuestro pensar sentir y vivir cotidiano, de ahí nuestras diferenciadas visiones de mundo, la heterogeneidad, que podemos vivenciar de manera ejemplar en las artes, corresponde a la condición de nuestra sociedad contemporánea. Más exacto: su verdadera situación significará comprenderla y proteger esta diversidad de sus implicaciones normativas y defenderla de sus rechazos, y contra toda tendencia a la asimilación de su represión, e intención de uniformar lo diferente. Cultura es diferencia. En el campo de las artes se puede estudiar la diversidad más que en ningún otro lugar. Y en las artes se advierte en su permeabilidad, las implicancias sociales desde las diferentes formas de vida. Retomando la idea inicial, se puede reconocer en el campo de las artes una escuela elemental de la pluralidad, que arroja mediante un reflejo la diversidad de procesos que se desenvuelven fuera del campo de las artes.

En este sentido se ha iniciado el debate por la heterarquía, es decir, la disposición al diálogo al interior de las jerarquías y a su paulatina disolución.

Todo esto se puede continuar pensando, en la manera en que personas se resisten contra uniformidades estructurales, sobre todo cuando surgen de transformaciones sin respetar las diferencias de los individuos, al igualarlos, a partir de sus básicas necesidades. En este sentido fracasaron las propuestas sociales del siglo XX. (Luis Oyarzún)

Estética del debate.

La concepción del debate, conlleva a una estética que al igual se resiste a los moldes, patrones o clichés. En una situación de pluralidad siempre existe el peligro que un modelo determinado se implante sobre otro. Lo que significaría que por medio de ese totalitarismo podría surgir una injusticia. Justamente contra esa mecánica de la injusticia se resiste el pensamiento contemporáneo, ya que esta resistencia sirve como liberación de muchos. Esto se entiende al detectar la uniformidad de cualquier tipo, de cualquier esfera lingüística, tecnológica, estética o política, ya sea en sectas, ideologías, que conllevan a la intolerancia y a la no aceptación de la diferencia.

En ese sentido asevera Wolfgang Welsch, que en el futuro será más importante, también en el ámbito social, el encuentro en el disenso (: pensar diferente), que el conjuro del consenso (: forcejear el acuerdo). Mientras lo primero corresponde más bien a la condición de la estética contemporánea referente a lo sublime, la última intención sucede de una modernidad anticuada, que no logra desprenderse todavía de la idea fija que tiene de lo bello. La disposición al disenso no tiende a argumentar desde la idea de las bellas artes en la vanguardia. Estamos ante una situación, que podría sintetizarse en pares: conciliación v/s debate; bello v/s sublime, dirección hacia el consenso v/s disposición al disenso. Éstos podrían ser puntos de referencia para discernir entre modernidad y postmodernidad.

En lugar del Arte.

No es casual, que artistas estén actualmente en un proceso de producción de obra, so pretexto de evidenciar y acentuar las relaciones que tiene ésta con el espacio en que se muestra. Al observar a través de un flujo de actuales exposiciones, se advierte un grupo de artistas que intervienen el espacio de manera inteligente, a la vez que lo incomodan: calan sus muros, transforman tabiques, arrancan puertas y ventanas, creando la sensación de querer adecuar el espacio arquitectónico a su obra. Mostrando así que el espacio no es neutral; que el desplazamiento de la obra desde su taller hacia la galería pasa por una desterritorialización, por momentos de carácter dramático. La obra se emplaza en el nuevo espacio. A partir de ahí comienzan a surgir líneas de comunicación social y vínculos con el mass-media de carácter impredecibles. La galería se transforma en un vestíbulo de múltiples filtros y catalizadores económicos y sociales. Ante esta situación el artista no permanece indiferente. El descubre que en el afán de perfilarse hacia un circuito de comercio, se ha acercado a una eficiencia de economía productiva pero ha desvalorizado el carácter estético que generó su obra. Él se ve ante una desmantelamiento de su proyecto de arte y todo por haber ideado nada más que mostrar su obra. Uno que otro artista desemboca en trabajos de serie que surgen insuflados como por encargo. Cómo resistirse a esta involución estética y poder preservar lo valórico aunándolo a lo operativo económico, es decir la sobrevivencia del artista.

Otro número de artistas insinúa su resistencia creando obras que definen el problema de la escala. Reflejando desde un pantógrafo estético su identidad en relación con el medio, al ver su obra proyectada y comentada en los suplementos dominicales. Otros instalan como modelo, la maqueta de la galería al interior de la propia galería; creando así en una puesta de abismo, el mismo fenómeno que nosotros recordamos de los juegos de simulación con muñecos que suele organizar el niño cuando se muda la familia de la casa y él busca reubicarse en el nuevo espacio.

En este sentido ellos perciben y se resisten (de manera inconsciente) a la seria alteración de su obra al momento de exhibirla y problematizan la mediación no sólo espacial, sino que referente a las políticas culturales de la actualidad.

...En lugar de utopía habrá entonces un radio de acción en el espacio presente (quizá anómalo), en espera de agenciarse de una incógnita en el tiempo futuro... Y si rehuimos la mirada de la periferia, como señalaba Aníbal Cardozo en la última Bienal de Arquitectura en Asunción, no hallaremos la ciudad del futuro.

Ricardo Loebell. Estudia Ciencias y Matemáticas (Dortmund); Filosofía y Estética (Frankfurt). Autor de ensayos en literatura, filosofía y arte contemporáneo.

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