Provocaciones y perturbaciones > Adriana Valdés

Hace algo más de un mes, en la Universidad de Chile, participé en la presentación de Anestética del Ready-Made, una notable tesis de Pablo Oyarzún, escrita hace veinte años y hoy puesta a disposición del público por la Editorial Lom. Aprovecho la oportunidad de recomendar su lectura: el texto ofrece un recorrido sumamente estimulante de la estética, desde Platón a Heidegger, sacudido y cambiado de perspectiva por la experiencia de la obra de Duchamp - y por lo tanto, creo que debería interesar particularmente a la gente del mundo del arte. Un recorrido así - claro, serio, lúcido, secretamente apasionado, abierto a lo contemporáneo - los salvaría de muchas ingenuidades.

Quisiera deslizar aquí, al sesgo, dos preguntas perturbadoras que me surgieron al preparar esa presentación, y gracias al libro. Tienen que ver con la discusión abierta acerca de las vanguardias, las avanzadas o como queramos llamarlas. (Las preguntas, a mi ver, a veces interesan más que las respuestas - abren espacios, de eso se trata.).

La primera provocación es esta. Cabe preguntarse si se puede mantener la fe en la capacidad del gesto artístico para producir modificaciones en la realidad social . Años después de la tesis de Oyarzún, y desde las ciencias sociales, no desde la filosofía ni desde el arte, Habermas afirmó que al desublimar un sentido o desestructurar una forma no pasa nada: de esos gestos no se ha seguido, ni en la práctica ni en el pensamiento, un efecto realmente emancipatorio.. En ese sentido, cabe considerar ingenua la repetición constante, en otros contextos, de los desafíos de Duchamp y del Dada, si tienen por objeto crear libertad en la vida social. Desde el debate de las artes visuales, y consciente de lo que implica esta pregunta, Hal Foster habla de la "nueva vanguardia". A diferencia de la primera, esta no cree en su poder de desublimar o desestructurar las convenciones sociales; dirige su fuerza contra la institucionalidad del arte mismo. Lo hace con un análisis desconstructivista, no nihilista y anárquico como las primeras vanguardias; y con eso comienza, por primera vez, según Foster, a realizar el proyecto crítico implícito, por ejemplo, en el gesto de Duchamp. Tema para discutir.

La segunda provocación, que corresponde a otro debate pendiente, viene también de una figura señera de las ciencias sociales. Eric Hobsbawm (en su breve obra Behind the Times, en castellano A la zaga) señala la falsedad de hacer una analogía entre las ciencias (en progreso continuo, al menos esa es su metáfora propia) y las artes visuales, en la que ese progreso es dudoso: "esa falsa analogía parecía sugerir que cada nueva manera de expresar los tiempos era probablemente mejor que la anterior - lo que evidentemente no es necesariamente así." Hobsbawm ve en esta analogía una especie de ilusión autojustificatoria, que hace una historia espuria, "progresista" de las vanguardias. Para él, la verdadera historia de las vanguardias en el siglo XX es la historia de su lucha contra la obsolescencia técnica: las artes visuales tienen actualmente un carácter más bien residual, y lo emergente no está en ellas, sino en los medios de comunicación, cuyo vértigo técnico condena (a las artes visuales, y para qué decir a la teoría) a llegar siempre tarde. Otro tema para discutir. Algo así prefiguraba Walter Benjamin al hablar de la reproductibilidad técnica, de la muerte de la distancia, del cine (hasta ahí llegaban los medios de comunicación que él conocía: cómo extender su pensamiento hasta los que por ahora conocemos nosotros). Desde esta perspectiva, las artes visuales del siglo XX estarían ejerciendo una capacidad premonitoria, y poniendo en escena una y otra vez su propia muerte. Como la moda, que en The Arcades Project Benjamin llama Madame Lamort, tomando la frase de una elegía de Rilke.

Volviendo al libro de Pablo Oyarzún, desde estas dos provocaciones. La risa de Duchamp - el humor, repetimos, "el estallido en cámara lenta y la corrosión ilimitada del sentido" sería, entonces, sardónica; tendría que ver con la premonición de la muerte, o al menos de una mutación que trasladaría las artes visuales hacia algo futuro que probablemente nos será irreconocible, y sobre lo que desde aquí, desde este punto, sólo podríamos tratar desde el temblor, desde la vacilación, desde la sospecha, desde la perturbación.

Adriana Valdés. Profesora y crítica de arte y literatura.

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