Escrito, escritura, escrituras > Gonzalo Arqueros


Algunas preguntas para comenzar ¿Por qué suscribir el tema de la escritura, "escritura sobre artes visuales", al campo de la curatoría? ¿Es acaso que aquello que nombramos "escritura curatorial" consistiría necesariamente en un tipo de producto tan obtuso e incalificable que por ésto resultaría imposible de clasificar genéricamente?.

Es decir, ni crítica, ni teoría, ni historia, ni poesía o narrativa, esta clase de escritura "curatorial" parece corresponder más bien, a un tipo de documento protocolar cuyo objetivo estaría fundamentalmente articulado en una necesidad instrumental, a saber: la administración. Parece más o menos claro entonces que se trataría de una escritura económica. Pero no de una "economía escritural", sino más bien de la escritura como instrumento de la economía, es decir, como un instrumento o registro legal. En cuanto registro legal se trata entonces literalmente de una "escritura", de un documento destinado a registrar una serie de improntas indelebles, destinadas a superar el tiempo, el olvido, el error, la mentira (Barthes). Si curador es precisamente el individuo que "administra" o que cuida, aquel de quién es dable esperar esmerada solicitud, la escritura "curatorial" podría ser, en primer término, una especie de diligencia administrativa, un trámite consistente. Y esa, la consistencia, sería a su vez, la primera condición que cabría esperar y la primera exigencia que habría que hacer.

Sin embargo, cuando se trata de "obras de arte", la índole manifiestamente paradojal de lo "curado", exige considerar a lo menos tres cuestiones fundamentales: 1) que ante todo se trata de administrar la visibilidad de las obras; 2) que toda curatoría implica una hipótesis, es decir, que es una invención; 3) que, aún no siendo en todos los casos su objetivo principal, el efecto más sensible consiste en la puesta en circulación de las obras, efecto que se extiende sobre la circulación de la misma gestión curatorial. En este sentido la curatoría y por ende su escritura, llevaría implícita una dimensión política fundamental. Si nos proponemos entonces pensar la "escritura curatorial", sería ésta pensable en primer lugar como la escritura de una economía política. En este sentido, creo, no me atrevería a hablar tan sencillamente de una "escritura curatorial". Antes bien, hablaría de una escritura de curador.

No deja de ser interesante la relación entre "manifiesto y curatoría", pues, entendiendo que dicha relación se encontraría fundamentalmente en la escritura, o más bien, en la índole escritural de ambas, ésto constituiría una hipótesis interpretativa. Sin duda que habría que trabajar muy extensamente esta hipótesis, pero trabajarla desviándose de la analogía que ésta impone. En efecto, pues, es la analogía lo que conduce, demasiado rápido quizás, a plantear la necesidad de pensar un "nuevo género literario". El desvío nos conduciría entonces, a un lugar más sintomático, a saber: al mismo gesto institucional que lo declara "nuevo genero literario". Creo que habría que pensar, por ejemplo, el devenir escritura de la curatoría; pensar las condiciones en que esto ocurre, así como cuáles serían esas condiciones. Qué justifica o hace necesario plantear un "nuevo género literario". En este sentido creo que el punto más próximo entre la escritura de curador y el manifiesto, no sería otro que su índole política. Sin embargo la escritura de curador, en tanto documento protocolar, carece del carácter programático y perentorio del manifiesto y, en general, no siempre remonta la textualidad de las obras. Es decir, no se hace necesariamente cómplice u operador crítico de las poéticas que inscribe sino que, más bien, tiende a subrrogar un cuerpo sin cuerpo. Como el estilo, lo suyo es oponer el fondo y la forma, confiar que bajo una determinada forma existe un contenido, una jugada, una apuesta. El manifiesto, en cambio, es la jugada misma, es, al mismo tiempo el criminal y el cómplice.

De este modo una "escritura curatorial" sería una escritura que se cuida de la escritura; una escritura que "se cura", es decir, que vive en la administración y en la mejoría.

Pero si la escritura "cura", si es ella misma una forma de administración del sentido, si es una diligencia significante, y en este sentido comporta una esencial economía, entonces la escritura es una práctica infinita en la cual está comprometido todo el sujeto. Práctica que se contrapone desde el comienzo al fin a toda instrumentalidad, entrando en oposición tanto con la palabra como con la práctica. En este sentido la escritura en sí, no cura, ni nadie puede "curarse" escribiendo.

Es decir, nadie puede curarse en esa intemperie fundamental en que, ante todo, se entra en relación con el cuerpo. La escritura sería acaso una contrapartida del estilo, pues, si el estilo implica una consistencia, una firma, la escritura sólo conoce insistencias. Trituración, agrietamiento y fragmentación; tmesis, ekphrasis.

Gonzalo Arqueros. Licenciado en Historia y Teoría del. Arte, de la Universidad de Chile. Profesor de la Universidad Arcis y de la Universidad de Chile.

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