| Un geometrismo orgánico
Cuando Marcela Arredondo me solicitó escribir un texto sobre su trabajo exhibido en la exposición El retorno me enfrenté al problema de no saber a ciencia cierta cómo situarme o cómo dar cuenta de un tipo de obra que se alejaba de los parámetros productivos que había venido abordando desde hace unos años en mis textos, mis lecturas y mis investigaciones.
Los trabajos de Marcela Arredondo generan un intersticio que los convierte en objetos de difícil clasificación: ajenos a la noción más tradicional de la pintura como decoración, ajenos a las visualidades, materialidades y problemáticas abordadas por el arte contemporáneo.
A partir de la laboriosidad, el retraimiento, los gestos mínimos, su propuesta de obra se manifiesta desde, y a la vez da cuerpo a, una poética vinculada con el proceso, una poética de la intimidad subjetiva, del ensimismamiento, que logra proyectarse hacia el espectador/receptor a partir de la visualización de materialidades.
Por otro lado, los mismos trabajos generan relaciones y situaciones visuales que los vinculan con los planteamientos geométricos y ópticos: vibraciones, tensiones, movimientos (1). Sin embargo, la clave que propicia la propia artista para leer su obra se aleja de estos parámetros para situarse en el ámbito de lo orgánico.
Tal vez sea esta la paradoja más significativa de estos trabajos, la tensión entre tejido industrial y manualidad, orden e imperfección, simetría y caos, todo lo cual desemboca en una experiencia que podríamos describir como un geometrismo cálido o un geometrismo orgánico.
Dentro de esta noción, es dable señalar que la artista opera a partir de la articulación de tres elementos esenciales: el hilo, la imperfección y la naturaleza.
De esta manera, el hilo no es sólo el hilo con el que Marcela Arredondo borda sino que es también el hilo que sustenta la trama de la tela. Habría que hacer notar aquí que, más que bordar, el ejercicio que realiza la artista corresponde al retrazado de la trama de la tela, señalando algo así como un segundo hilo que se nos aparece en su trabajo (se nos hace visible al ser destacado por el bordado), hilo este último que opera como las líneas del cuaderno de caligrafía, dando sustento y marcando la emergencia de las formas.
Es importante destacar también que la tela utilizada por Arredondo (apelando tal vez a su formación como pintora en la Escuela de Artes de la Universidad de Chile) corresponde al lino crudo, la tela sin matar. Esta tela deja ver y da sustento a la urdimbre, núcleo central sobre el que gira todo el trabajo: la urdimbre como el lugar de conjugación de los elementos que cumplen un papel en el orden del tejido a telar.
En el orden de la pintura, por su parte, el lino cumple la función de la media tinta, reforzando su rol de sustento y soporte: en pintura, es la media tinta la que permite establecer la correcta relación y graduación de luces y sombras, es la estructura que soporta el despliegue de toda la gama lumínica en cada obra.
En su apariencia formal, el trabajo de Marcela Arredondo se basa en la utilización de formas que emergen en el bordado, tales como líneas rectas, verticales, horizontales u oblicuas, puntos, cuadrados, rectángulos y triángulos. Sin embargo, para la artista, estas formas aparecen de manera casi espontánea, como producto de su detenida observación y trabajo de/con la naturaleza: la apicultura, las labores del jardín, los árboles frutales que habitan su entorno más próximo. De esta manera, según plantea la artista, las formas se transmutan en signo, que al ser leídos en clave naturaleza nos permiten asimilar los puntos a las semillas o las piedras, las líneas a las ramas o las tramas de ramas, las zonas rellenas con hilo a panales de abeja, etc.
Marcela Arredondo lleva el cuerpo a la geometría a través del gesto de la mano, del bordado, la costura, la labor de aguja que pareciera desmentir la cuadrícula de la trama. Al utilizar la tela como soporte, la obra resultante es un tejido sobre tejido, el rastro de un cuerpo y el paso de un tiempo.
Desde la dualidad que plantea la obra, podemos evidenciar lo corporal como el ejercicio (manual, paciente, persistente), y lo geométrico como el resultado visible; sin embargo, éste es sólo aparentemente geométrico puesto que la voluntad de la artista es develar el fallo de la manualidad, de la repetición insistente, porfiada, obligada, como la mano de una niña que ensaya la caligrafía siguiendo un patrón establecido, pero que una y otra vez resbala línea abajo o línea arriba, temblando el trazo o errando el gesto.
Por su parte, aunque el montaje de la exposición está basado en el Tao te king - El retorno señala: Todos los movimientos se logran en seis etapas, y el séptimo trae la vuelta - determinando una relación entre las obras de pequeño formato y las de formato mayor - una serie compuesta por seis obras pequeñas y una de mayor tamaño -, este tipo de distribución bien puede relacionarse con la disposición espacial planteada por los artistas constructivos, o los neoconcretos brasileros, resultando nuevamente una dualidad o una ambigüedad frente a lo que observamos, en este caso, desarrollado en el espacio de la sala de exposición.
La artista diseña no sólo una disposición de telas para la exhibición, sino una construcción en el espacio, conteniendo éste una serie de micro espacios. La lectura de la exposición se abre y multiplica desde lo macro hasta lo micro: de esta manera, es posible leer desde una suma de individualidades (47 telas bordadas / 40 telas pequeñas y 7 telas de mayor tamaño) hasta un plano único conformado por módulos que se repiten y que conformarían un despliegue espacial al interior de la sala, similar al que se despliega en cada una de las telas, operando a la vez como reflejo y respuesta a ellas.
Así, Marcela Arredondo plantea en su trabajo la organicidad de la forma, de la disposición, de la materia; la procesualidad, que se manifiesta no sólo en su forma de trabajo y observación, sino también en el modo en que estas obras y esta exposición marcan momentos de su propia biografía.
Soledad Novoa Donoso
mayo 2008
Notas:
(1) Persistentemente la presencia de los trabajos de Marcela Arredondo evocan para mí la obra de otra gran silenciosa, Matilde Pérez.
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